HOLA AMIGOS


Bienvenidos a mi blog. Este será un sitio dedicado a la raza que me apasiona, el cocker spaniel ingles, y en general a todos los perros, con raza o sin ella. Aquí iré colgando temas relacionados con ellos, con los cocker y todo aquello que me parezca interesante, sobre veterinaria, etología etc...

Encontrarás que algunos artículos sobre el cocker son un poco técnicos, pero la mayoría son para todos los públicos. ¡No te desanimes !


Agradecimiento:

Me gustaría agradecer a todas las personas que nos han ayudado, explicado y aguantado tantas y tantas cosas, y que han hecho que nuestra afición persista.

En especial a Pablo Termes, que nos abrió su casa de par en par y nos regaló jugosas tardes en su porche contando innumerables “batallitas de perros”. Suyas fueron nuestras dos primeras perras y suya es buena parte de culpa de nuestra afición. A Antonio Plaza y Alicia, también por su hospitalidad, su cercanía, y su inestimable ayuda cada vez que la hemos necesitado. También por dejarnos usar sus sementales, casi nada. Y a todos los criadores y propietarios que en algún momento, o en muchos, han respondido a nuestras dudas con amabilidad.

Y, por supuesto, a Rambo, Cibeles y Maripepa, a Chulapa y Chulapita, y a Trufa, como no, y a todos los perros con pedigrí o sin el, con raza o sin ella por ser tan geniales.

Muchas gracias


Te estaré muy agradecido si después me dejas tus impresiones en forma de comentario.

Espero que te guste y que vuelvas pronto.




viernes, 19 de febrero de 2016

LA PATRULLA DEL FRIO


Dos jóvenes daneses, un trineo y 13 perros recorren el helado nordeste de Groenlandia
 
Jesper Olsen cayó en medio de la oscuridad.

De la oscuridad y del frío. En invierno, el norte de Groenlandia pasa más de tres meses sin saber lo que es el sol. La temperatura media es de 31 °C bajo cero. El viento es brutal.

Jesper iba bien equipado para el clima ártico, y bien preparado para lidiar con unos perros díscolos, un trineo sobrecargado, un terreno abrupto y unos finos esquís de fondo. Incluso estaba preparado para caerse. Lo que Jesper no había previsto era que mientras cayera rodando por la ladera empinada y erizada de rocas, se le saldría el cuchillo de la vaina que llevaba en la cintura con la peor de las suertes. Jesper aterrizó sobre él, y la hoja se le clavó en el muslo derecho.

Su compañero, Rasmus Jørgensen, no vio el accidente. Se había adelantado un poco, con la lámpara frontal abriendo un haz de luz en la oscuridad entre picos negros y la pálida línea de la costa. Antes de perder pie, Jesper iba detrás del trineo pesado y 13 perros, aferrado a las co­­rreas, que hacen las veces de riendas del trineo, intentando controlar el descenso de la manada. De repente se encontró tumbado en la tundra helada, con un tajo en los pantalones y un reguero de sangre. Estaban 800 kilómetros al norte del círculo polar Ártico, en uno de los lugares más solitarios e inhóspitos de la Tierra.
 
 
El deseo de ir a Groenlandia, protectorado danés desde 1721, había nacido en Jesper seis años antes, cuando a sus 23 años era sargento de la Guardia Real Danesa y supervisaba a los soldados de tres palacios de la reina de Dinamarca. Su uniforme incluía un pomposo gorro de piel de oso y una casaca con botonadura dorada.

Jesper, de ojos azul celeste, pelo rubio oscuro y complexión atlética, anhelaba hacer exactamente lo contrario de desfilar con aquel gorro peculiar. Quería aventuras. «Me gusta marcarme retos», dice. En 2008, tras dejar la Guardia Real para integrarse en la policía de Copenhague, Jes­per se armó de valor y solicitó su incorporación a una unidad de élite del Ejército, famosa en Dinamarca por llevar a los soldados a los límites del sacrificio y la fortaleza mental. Decidió presentarse a las pruebas para entrar en Sirius.

Desde hace más de 60 años, Sirius tiene la misión de patrullar los 14.000 kilómetros de la costa nordeste de Groenlandia. Los 12 hombres del destacamento visitan hasta el último centímetro del abrupto y quebrado litoral al menos una vez cada cinco años, en virtud de la soberanía da­­nesa que rige aquellas tierras. Sirius es la única patrulla militar del mundo que se desplaza en trineo de perros. El trabajo, con un salario bajo y sin vacaciones, consiste en recorrer más de 8.000 kilómetros en 26 meses con un compañero y un tiro de perros. Las lesiones son prácticamente inevitables, como lo son el hambre, el agotamiento y la congelación. Los miembros de la patrulla sufren el acoso de los osos polares. No hay forma de visitar a la familia o los amigos, ni de tener una cita amorosa. Ni siquiera llegan a ver un mísero árbol.
 

Jesper superó una batería de pruebas físicas y psicológicas destinadas a eliminar a los menos aptos. De los aspirantes a entrar en Sirius, solo se eligen seis personas al año para sustituir a los patrulleros cesantes. Pueden ser mujeres, pero hasta la fecha no se ha presentado ninguna. Para poder concurrir hay que tener menos de 30 años.

Cuando faltaban unas semanas para que los nuevos aspirantes viajaran a Groenlandia para iniciar un programa de supervivencia en el medio polar, Jesper supo la noticia: era el último aspirante rechazado. Tuvo un disgusto enorme. «No pensaba volver a presentarme nunca más», cuenta.

Volvió a la policía, pero no podía olvidar la belleza y los retos de la remota naturaleza del septentrión. Sus padres lo habían apoyado; no tenía novia. Así que cambió de opinión y volvió a intentarlo. Se impuso un régimen de entrenamiento de ocho meses. Aprendió de todo, desde meteorología hasta caza y veterinaria; memorizó la forma de más de 600 fiordos y cabos de la costa groenlandesa por si acaso perdía el mapa.
 
 
 A la segunda fue la vencida. Como parte de su adiestramiento final, Jesper saltó al agua helada para simular una catástrofe de trineo, luego vivió cinco días con tan solo una pequeña bolsa de pertrechos de emergencia, durmiendo en una cueva de nieve que excavó con una taza de estaño y comiendo liebres árticas y bueyes almizcleros que cazaba. Por fin, en julio de 2010, se presentó en la base que Sirius posee en el nordeste de Groenlandia, un grupo de edificios rectilíneos, conectados entre sí con unas cuerdas para poder orientarse en las tormentas de nieve, que se yerguen en una solitaria lengua de tierra. Era oficialmente un patrullero Sirius.

Encontró un compañero ideal en Rasmus, un patrullero de 28 años que llevaba dos en Sirius y era ex sargento de las Fuerzas Aéreas, con una hirsuta barba pelirroja, una fuerza de campeón de halterofilia y una imperturbabilidad digna de Buda. Juntos, en el taller de carpintería de Sirius, construyeron un trineo de cuatro metros, con los patines de nailon y las tablas trabadas con bramante, en lugar de clavos, para obtener la máxima flexibilidad. Lo bautizaron con el nombre de Sol Negro. Trabajaron con sus perros hasta percibir que ellos dos y los canes formaban una unidad cohesionada.

A mediados de octubre, cuando los mares se helaron, cargaron el Sol Negro con 370 kilos de provisiones y partieron de la base, siguiendo una ruta establecida por militares daneses. Con los otros cinco equipos, Rasmus y Jesper son los únicos guardas del Parque Nacional del Nordeste de Groenlandia. Allí dan apoyo a las expediciones científicas y recreativas del parque más grande del mundo, hogar de vastas manadas de bueyes almizcleros y de cientos de osos polares.
 
 
Pero a los cuatro días de haber emprendido el primer viaje de su vida, Jesper se clavó el cu­­chillo en la pierna. Tendido en la nieve, preso de un dolor agudo, deseó fervientemente que su sueño de ser un patrullero Sirius no se le escurriera de las manos nada más empezar.

Enseguida se convenció de que la herida no le impediría seguir adelante. Durante su entrenamiento había aprendido a mantener la compostura por apurada que fuese la situación y había interiorizado el lema de Sirius: en el hielo, siempre que sea posible, es mejor no pararse. Así pues, sin echar un ojo a la herida ni percatarse del tajo de los pantalones y la sangre que goteaba, se pu­­so en pie. Recuperó el cuchillo. Rasmus y él no intercambiaron más que un par de palabras.

–¿Estás bien?

–Sí.

Luego agarraron sendos cabos amarrados al trineo y se afianzaron en los esquís. «¡Ya!», gritó Rasmus. Los perros tensaron las cordadas, y hombres y trineo salieron arrastrados con fuerza hacia delante.

Los trineos de perros se mueven entre el caos y la destreza. Para que el tiro no se parase, Jesper y Rasmus interactuaban constantemente con sus perros: silbidos, reprimendas, elogios. Cruzaban la península de Hochstetter Forland, saltando sobre rocas, pendiente arriba, pendiente abajo, con un aliento –canino y humano– congelado que dejaba a su paso una estela de vapor suspendida. Las montañas asomaban de los mares helados como aletas de tiburón. Los icebergs frente a la costa parecían buques de guerra sin rumbo.
 
 
El ritmo normal del trineo no alcanza los ocho kilómetros por hora. Cuando Jesper se accidentó, habían salvado poco más de la mitad de los 34 kilómetros marcados para esa jornada, parte de una expedición que les haría recorrer en un mes y medio 1.110 kilómetros al norte de la base de Sirius, el viaje más corto de los tres que tenían planificados para ese año.

Un día en trineo de perros significa trabajar sin cesar y con todas las fuerzas; Jesper apenas tuvo tiempo de pensar en el dolor de su pierna palpitante. Detenerse para comer era una entelequia. Los patrulleros bebían traguitos de agua; los perros lamían la nieve. Si el equipo no está en sintonía, un trineo Sirius da la impresión de ser un cuerpo con 13 mentes. Los perros, encadenados por parejas a una única cordada larga, a veces se niegan a obedecer órdenes y se obstinan en detenerse. Hay peleas, celos, intereses románticos: el tiro de Jesper y Rasmus tenía dos hembras. Los perros pueden colaborar a las mil maravillas en un momento dado, y convertirse un segundo después en una bola de pelo incontenible que salpica la nieve de sangre fresca.

«Es como volver a ser poli cuando de repente se arma la de Dios –dice Jesper–. Tienes que intervenir y separar a los perros.»
 
 
Pero el trineo de perros sigue siendo la mejor forma de salvar grandes distancias en Groenlandia, donde un motor averiado puede significar la muerte. En muchas ocasiones los perros han salvado las vidas de los patrulleros. Avanzar en la eterna noche invernal, especialmente cuando hay niebla, suele significar hacerlo medio a ciegas. Más de una vez los perros se han parado en seco al borde de un precipicio y se han negado a moverse aunque los azuzasen. También emiten un sonido específico para alertar de la presencia de un oso polar, un gruñido sibilante que pone a los patrulleros sobre aviso.

Jesper y Rasmus pronto acordaron un estilo particular. Algunas parejas de Sirius prefieren viajar ligeras y rápidas; cortan las etiquetas de las camisetas y los mangos de los cepillos de dientes y racionan el combustible de los hornillos. Jesper y Rasmus representaban la opción más lenta y cálida: llevaban toda la ropa que querían y jamás se ahorraron una comida caliente. Su lema era: «Nosotros nunca nos quedamos sin combustible».

Así que no tenían prisa en su recorrido por Hochstetter Forland. La paciencia y la precisión eran más importantes que la velocidad. En el norte remoto cualquier error de cálculo puede ser peligroso: dejas los guantes un segundo donde no debes y salen volando. «Si no lo haces todo bien, tendrás tu castigo», advierte Rasmus. El único fallecimiento en la historia de Sirius ocurrió en 1968, cuando un patrullero se vio separado de sus compañeros en una expedición de adiestramiento, perdido entre remolinos de nieve, y no pudo sobrevivir solo a la tormenta.
 
 
Al final de la jornada, Jesper y Rasmus detuvieron el trineo y emprendieron una rutina co­­reografiada al detalle. Mientras la aurora boreal resplandecía en lo alto, Jesper montó la tienda (algunas noches se pasan en acampada; otras, en cabañas desperdigadas a lo largo de la costa), desenrolló los sacos de dormir y encendió los hornillos en el interior del refugio bien ventilado. Para tener una ración extra de calor, a Jesper y Rasmus les gustaba usar tres hornillos a la vez.

Rasmus estacó los perros, asegurándose de que quedaban tan separados que no pudiesen tocarse. Luego dedicó un ratito a cada uno. «Acaban siendo tu familia», dice Jesper. Dio un abrazo al orgulloso perro de cabeza, Johan; a la alegre hembra, Sally; al alborotador del grupo, Indy, y a su leyenda viva, Armstrong, que llevaba diez inviernos tirando de un trineo, todo un ré­­cord en Sirius. Armstrong había arrastrado un trineo unos 40.000 kilómetros, más de una vuelta al ecuador. Rasmus sabía que Armstrong se acercaba al final de su carrera. En la base de Sirius no hay lugar para los perros retirados. Y los canes, que tienen tanto de mascota como de lobo, no pueden adoptarse. Hay que sacrificarlos, un acto que llevan a cabo los propios patrulleros. Según Rasmus y Jesper, lo más difícil de su trabajo.
 
 
Dentro de la tienda, con los hornillos a todo gas, Jesper y Rasmus por fin entraron en calor. A 40 °C bajo cero, materiales como el plástico se tornan quebradizos como el cristal. Al llegar a unos 50 bajo cero, los perros empiezan a sufrir; la nieve afilada les abre heridas en las patas. A 55 bajo cero hay que parar y acampar.

Cenaron un guiso en el que combinaron sopa de tomate, pasta, queso fresco y minisalchichas de lata: insuficiente para recuperar las calorías consumidas. Algunos patrulleros adelgazan hasta 14 kilos en un invierno. Las relaciones entre los patrulleros (la mayor parte del año son los únicos humanos que ven) no siempre son amistosas, pero en el hielo no ha lugar para divorcios. Jesper y Rasmus eran una pareja armónica. Lo más parecido a un desacuerdo entre ellos surgía a cuento de fumar en pipa. Rasmus, siguiendo la tradición clásica de Sirius, disfrutaba de una pipa vespertina. Jesper no la soportaba.
 
  
Mientras el guiso hervía a fuego lento, Jesper por fin examinó su herida. Se sacó los pantalones de esquiar y fue entonces cuando vio por primera vez el tajo profundo de la pierna y lo que había sangrado, y supo entonces sin asomo de duda que había aterrizado sobre el cuchillo.

Prácticamente no se inmutó. Se limitó a sacar el botiquín. Se limpió la sangre y se vendó él mis­mo. Al fin y al cabo, era un patrullero Sirius.





Por Michael Finkel, Febrero de 2012 en National Geographic

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