Un cruce tenso o un tirón mal dado durante la adolescencia canina pueden marcar para siempre el comportamiento de un perro.
La reactividad canina es uno de los problemas de comportamiento más frecuentes en perros jóvenes. Ladridos, tirones, gruñidos o intentos de embestida ante otros perros o estímulos del entorno generan preocupación en muchos tutores y, a menudo, la sensación de haber "fracasado" en la educación del animal.
Sin embargo, la reactividad no suele surgir de la nada: se construye, paso a paso, a través de experiencias que el perro vive (o gestiona mal) durante etapas especialmente sensibles de su desarrollo. Según explica el educador canino Hugo Fernández, fundador de Enclavedecan, la adolescencia es un momento crítico.
Los perros jóvenes atraviesan una auténtica "mudanza" de su sistema nervioso: las hormonas se disparan, la impulsividad aumenta y las habilidades sociales aún están en construcción. En esta fase, cualquier encuentro con una alta carga emocional puede dejar huella y determinar la manera en que el perro interpretará situaciones similares en el futuro.
La reactividad canina es uno de los problemas de comportamiento más frecuentes en perros jóvenes. Ladridos, tirones, gruñidos o intentos de embestida ante otros perros o estímulos del entorno generan preocupación en muchos tutores y, a menudo, la sensación de haber "fracasado" en la educación del animal.
Sin embargo, la reactividad no suele surgir de la nada: se construye, paso a paso, a través de experiencias que el perro vive (o gestiona mal) durante etapas especialmente sensibles de su desarrollo. Según explica el educador canino Hugo Fernández, fundador de Enclavedecan, la adolescencia es un momento crítico.
Los perros jóvenes atraviesan una auténtica "mudanza" de su sistema nervioso: las hormonas se disparan, la impulsividad aumenta y las habilidades sociales aún están en construcción. En esta fase, cualquier encuentro con una alta carga emocional puede dejar huella y determinar la manera en que el perro interpretará situaciones similares en el futuro.
El origen invisible de la reactividad
La mayoría de perros reactivos no comenzaron siéndolo. La reactividad suele nacer de pequeños incidentes mal gestionados: un cruce tenso con otro perro, un susto fuerte, un exceso de presión en un momento vulnerable. Lo que para un tutor puede parecer una situación sin mayor importancia (dos perros que se miran fijamente, una correa tensa, un tirón para evitar el acercamiento) para el perro puede convertirse en un aprendizaje decisivo: "cuando veo a otro perro, algo malo ocurre".
Fernández señala que muchas veces estos perros no necesitan una corrección, sino exactamente lo contrario: guía y acompañamiento. La intervención humana es clave no para evitar la interacción social, sino para ayudar al perro a navegarla de manera segura, sin presión, sin brusquedad y sin forzar una huida desordenada.
Cuando un tutor percibe tensión en su perro, su reacción instintiva suele ser alejarse rápidamente, algo que es totalmente comprensible ya que nadie quiere un conflicto. Pero ese gesto, si se ejecuta con tirones o de forma abrupta, aumenta la tensión del perro, refuerza la incomodidad y marca el encuentro como peligroso en su memoria emocional.
Un tutor con poca experiencia puede interpretar señales como la mirada fija, el rabo erguido o la boca cerrada como curiosidad o simple alerta. Sin embargo, son indicadores claros de que el perro está gestionando mucha información y necesita apoyo, no restricciones.
El acompañamiento adecuado implica leer esas señales, ofrecer espacio, permitir al perro decidir si quiere acercarse o alejarse, y construir experiencias en las que la tensión se reduce antes de que estalle. La clave no es evitar todas las situaciones, sino gestionarlas bien.
Guía, no presión
Durante la adolescencia canina, lo que ocurre con intensidad emocional queda profundamente grabado. Es una etapa en la que el instinto social se afina, el perro experimenta y pone a prueba límites, la impulsividad está en su punto más alto y el cuerpo (hormonalmente) va más rápido que la cabeza.
Por eso, un mal encuentro en esta fase puede convertirse en el inicio de una cadena de reacciones exageradas. Un solo cruce tenso puede crear un patrón: "Siempre que veo a otro perro, anticipo conflicto". Y ese patrón, repetido, se consolida.
Por esto mismo, Fernández defiende que la reactividad no se resuelve con castigos ni tirones, sino con presencia, calma y conocimiento. Los perros necesitan adultos competentes (humanos o caninos) que les enseñen a regularse. Esto no significa intervenir en exceso, sino intervenir con criterio: guiar cuando hace falta, dar espacio cuando conviene y evitar añadir más tensión a la que ya existe.
Pedir ayuda profesional también es una parte esencial del proceso, ya que educar en soledad, especialmente en etapas delicadas, puede llevar a errores que luego tardan meses en corregirse. Los tutores no están solos. Y, como recuerda Fernández, los perros tampoco deberían estarlo.
En resumen, la reactividad no aparece por capricho ni por "dominancia", se gesta en silencio, en situaciones cotidianas, en detalles que pasan desapercibidos para el ojo inexperto y, también, puede prevenirse con acompañamiento adecuado, lectura del lenguaje corporal y la voluntad de aprender.
Publicado en 20minutos




