La caza del zorro era una de sus actividades predilectas, un deporte aristocrático de raíces inglesas que requería perros excepcionalmente ágiles, valientes y dotados de un olfato fino. Los foxhounds británicos, comunes entre los colonos, cumplían bien su función, pero Washington aspiraba a perfeccionar las cualidades de sus jaurías y adaptarlas a los terrenos más extensos y variados de la Norteamérica del siglo XVIII. Su visión como criador se intensificó cuando, en 1785, recibió del Marqués de Lafayette —su amigo y aliado en la Revolución— varios sabuesos franceses. Estos perros eran más altos, robustos y potentes que los foxhounds ingleses, y aportaban características que Washington consideró valiosas para fortalecer su línea.
A partir de este intercambio transatlántico comenzó un proceso de cría selectiva en el que Washington combinó los mejores rasgos de ambos tipos de perros. Él seleccionaba cuidadosamente los cruces, evaluaba los resultados y ajustaba la dirección de la cría según las cualidades que deseaba potenciar: resistencia, velocidad sostenida, capacidad de rastreo y una disposición obediente pero enérgica. Con el tiempo, el trabajo de Washington contribuyó de manera decisiva al establecimiento de una variedad de sabueso adaptada al paisaje y las necesidades de la joven nación: lo que más tarde sería reconocido formalmente como el american foxhound.
Considerada hoy una de las primeras razas desarrolladas en Estados Unidos, el american foxhound combina agilidad, resistencia y un temperamento amistoso, reflejando la síntesis que Washington perseguía. Su legado en la raza no descansa únicamente en los cruces que realizó, sino también en su enfoque metódico, casi científico, hacia la cría. Este aspecto revela un rasgo de su personalidad que también se manifestó en su vida pública: una mezcla de disciplina, visión estratégica y compromiso con la mejora continua.
Así, la historia del american foxhound es también una historia de la temprana identidad estadounidense: un cruce de influencias europeas adaptadas a un nuevo mundo, con Washington —estadista, agricultor y amante de los animales— como una figura central en su desarrollo. Su afición por los perros, lejos de ser un simple pasatiempo, se convirtió en una pequeña pero duradera contribución cultural que perdura en la historia de la cinofilia norteamericana.





