HOLA AMIGOS


Bienvenidos a mi blog. Este será un sitio dedicado a la raza que me apasiona, el cocker spaniel ingles, y en general a todos los perros, con raza o sin ella. Aquí iré colgando temas relacionados con ellos, con los cocker y todo aquello que me parezca interesante, sobre veterinaria, etología etc...

Encontrarás que algunos artículos sobre el cocker son un poco técnicos, pero la mayoría son para todos los públicos. ¡No te desanimes !



Agradecimiento:

Me gustaría agradecer a todas las personas que nos han ayudado, explicado y aguantado tantas y tantas cosas, y que han hecho que nuestra afición persista.

En especial a Pablo Termes, que nos abrió su casa de par en par y nos regaló jugosas tardes en su porche contando innumerables “batallitas de perros”. Suyas fueron nuestras dos primeras perras y suya es buena parte de culpa de nuestra afición. A Antonio Plaza y Alicia, también por su hospitalidad, su cercanía, y su inestimable ayuda cada vez que la hemos necesitado. También por dejarnos usar sus sementales, casi nada. Y a todos los criadores y propietarios que en algún momento, o en muchos, han respondido a nuestras dudas con amabilidad.

Y, por supuesto, a Rambo, Cibeles y Maripepa, a Chulapa y Chulapita, y a Trufa, como no, y a todos los perros con pedigrí o sin el, con raza o sin ella por ser tan geniales.

Muchas gracias


Te estaré muy agradecido si después me dejas tus impresiones en forma de comentario.

Espero que te guste y que vuelvas pronto.



PARA LA REALIZACIÓN DE ESTE BLOG NINGÚN ANIMAL FUE MALTRATADO




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martes, 15 de septiembre de 2026

CUANDO LOS ANIMALES LLEVAN LA CORREA, POR ALFONSO J. USSÍA


Hubo un tiempo en el que uno sabía perfectamente quién mandaba en la casa. Era el padre, la madre o, en muchos casos, la abuela. Hoy no tengo tan claro si la autoridad corresponde al perro. Basta subirse a un tren en pleno verano o esperar la cola para embarcar en cualquier aeropuerto para comprobar que media España viaja acompañada de un animal. Hay labradores, caniches, bulldogs franceses, gatos que asoman la cabeza desde una mochila como si fueran astronautas, conejos, hurones, loros y hasta algún lagarto que parece haber sacado un billete en Preferente. Cualquier día anunciarán por megafonía que un camello ha sido visto deambulando por la cafetería.


No me molesta. Al contrario. Siempre he pensado que los animales suelen comportarse con bastante más dignidad que algunas personas. El problema casi nunca lleva cuatro patas. El problema suele sujetar la correa. Los perros, por ejemplo, poseen una virtud extraordinaria que muchos seres humanos han ido perdiendo poco a poco: saben estar. Esperan. Observan. Se tumban debajo de una mesa sin convertir su presencia en una constante anomalía. No hablan a gritos por teléfono. No ponen vídeos sin auriculares. No invaden la conversación de la mesa de al lado para explicar cómo les ha ido la semana. Si tienen hambre, esperan. Si tienen sed, esperan. Si el viaje dura tres horas más de lo previsto, aguantan con una paciencia que ya quisiéramos muchos cuando el aire acondicionado tarda cinco minutos en enfriar.
Después aparece el propietario dispuesto a explicar que Thor, Luna o Coco son un miembro más de la familia. Lo cuenta con un orgullo genealógico mientras el pobre animal parece bastante más interesado en encontrar una sombra donde dormir que en participar de la sobremesa. Y es que el perro no ha pedido entrar en el restaurante. No ha solicitado viajar en AVE. No ha insistido para pasar el fin de semana en un hotel con spa y desayuno bufé. Todo eso lo decide una persona convencida de que el resto de la humanidad comparte exactamente el mismo entusiasmo que ella.


Vivimos una época empeñada en convertir los gustos particulares en obligaciones colectivas. Si a mí me apasiona mi mascota, a usted también tiene que apasionarle. Si mi perro quiere olisquear sus pantalones, lo correcto es que sonría. Si ocupa medio pasillo del tren con la correa extendida, será usted quien deba hacer equilibrios para pasar. Y si, por cualquier motivo, prefiere mantener cierta distancia, siempre habrá alguien dispuesto a tranquilizarle con esa maldita frase previa al ataque: «No hace nada».
Eso nunca deja de sorprenderme. Nadie tranquiliza a un desconocido diciendo que su cuñado no hace nada antes de sentarlo a nuestra mesa. Nadie presenta a un primo especialmente pesado advirtiendo que no suele morder. Con los animales, sin embargo, parece que hemos desarrollado una confianza universal que obliga a los demás a participar de nuestra intimidad. Lo curioso es que el propio perro acostumbra a entender mejor las reglas de convivencia que su dueño. El animal espera una orden. Se aparta cuando se le corrige. Aprende que hay sitios donde puede correr y otros donde conviene permanecer quieto. Nosotros, en cambio, parecemos empeñados en borrar cualquier frontera. Todo debe adaptarse a nosotros porque hemos confundido la libertad con la ausencia de límites y la comodidad con un derecho.


Siempre he sospechado que la buena educación consiste, sobre todo, en hacer la vida más fácil a los demás. Nadie recibe una medalla por bajar la voz en un vagón. Tampoco por recoger lo que ensucia su perro, ceder el paso o procurar que quien comparte espacio con nosotros esté cómodo. Son gestos diminutos, tan pequeños que apenas se ven. La educación casi nunca hace ruido. El ruido lo hacen quienes creen que el mundo entero gira alrededor de sus costumbres.
Quizá por eso me producen tanta ternura algunos perros y tanta tirria algunos propietarios. El animal permanece tumbado durante horas sin molestar a nadie mientras el dueño explica a todo el restaurante la dieta sin cereales que sigue desde cachorro, las cuentas de Instagram que tiene abiertas, el hotel maravilloso donde pasó las vacaciones o el trauma que sufrió cuando una aspiradora le dio un susto siendo pequeño. El perro guarda silencio. El amo no.


Es una forma muy moderna de egoísmo que consiste en convertir al animal en una extensión de uno mismo. Ya no basta con quererlo. Hay que exhibirlo. No se trata de compartir el cariño, sino de imponerlo. Y es una pena porque los animales llevan siglos dándonos lecciones de lealtad, paciencia y fidelidad sin necesidad de dar el coñazo a los demás. Han acompañado a pastores, cazadores, marineros, agricultores y familias enteras sin exigir protagonismo. Han esperado junto a una puerta durante horas. Han recorrido caminos interminables detrás de sus dueños. Han demostrado una nobleza que la literatura lleva siglos intentando describir. Resulta paradójico que, precisamente ahora que presumimos de quererlos tanto, algunos los utilicen como coartada para olvidarse de los modales más elementales.


No me preocupan los perros. Tampoco los gatos, los conejos, los hurones o ese lagarto que seguramente terminará viajando algún día entre el coche cafetería y el vagón silencioso. Me preocupan bastante más quienes han dejado de comprender que compartir un espacio con desconocidos exige una renuncia. La civilización nunca ha consistido en hacer exactamente lo que a uno le apetece. Consiste en reservar una parte de nuestra comodidad para que también quepa la de los demás.




Alfonso J. Ussía















viernes, 4 de septiembre de 2026

CARTA AL PERRO CALLEJERO; POR TICO MEDINA


Mi querido y admirado siempre, perro callejero, que este jueves fue tu día según el designio de la Unesco, y para todo el mundo.
Perdona, de entrada, que no te escribiera ayer, pero es que hasta hoy no me he enterado de tu onomástica oficial, aparte de que es lo que yo digo; todos son los días del perro callejero.
Yo no tengo perro, tal vez porque tampoco tengo, como dice el refrán, “ni perrito que me ladre”, pero siempre he querido tenerte, y tú lo sabes, porque aunque hace unos días en esta misma esquina del aire dijera que el mejor amigo del ser humano no es el perro, sino el libro, quizá debí concretar más y escribir:
El libro es con el perro, el mejor amigo del hombre porque en el fondo, y no en la forma claro, mucho tiene el perro de libro, y un tanto posee el libro del perro, pero no estoy yo para disquisiciones filosóficas hoy, porque hay días que no está uno para nada, años a veces, vidas incluso.



Pero sí quiero, mi querido perro callejero, contarte que desde siempre, escribí de ti con profundo respeto, aunque no te tenga en casa, no me atrevo a decirte que “todavía”, porque uno no sabe lo que habrá de ser de uno el día de mañana. Pero sí te diré que cada vez que te veo meando, con perdón, en la esquina de paso, con tus ojos tristes, que los perros tenéis generalmente la mirada melancólica, porque a la altura que os movéis, por grandes que seáis, son las cosas de otra manera, se ven de distinta forma, el mundo es más pesimista.
Pero quiero que sepas que he tenido, una vez un perro dálmata, que nos tocó en una rifa, elegante, en blanco y negro, con su nariz húmeda, y sus ojos de muchacha. Estuvo poco tiempo con nosotros, y se fue de nuestro lado, porque observamos que rayaba con sus uñas la madera del suelo de la casa que acabábamos de adquirir, a veinticinco años vista. De cualquier manera fuiste a vivir a una casa amiga, que aun nos da las gracias por aquello. Por lo demás, he escrito mucho sobre ti, en muchas ocasiones por tu valor, en otras por tu trabajo, y en no sé cuántas más por tu lealtad.


Una vez en un cortijillo pude llegar a tener un cachorro, al que puse de nombre Acab, como el capitán de la pata de palo del libro Mobby Dick, también llamado El Quijote del mar que es un gran sobrenombre. No sé qué habrá sido de él, y un día escribí un verso de los pocos que escribo, para ese perro de aguas, nunca mejor dicho, que navega con los pescadores de altura, avisando desde la proa, nunca desde la popa, lo que sus ojillos de pez ven. Un pescado que salta, o una piedra que llega. Es un salvador nato, de la vida de su dueño. Tiene por eso tiene su propia estatua en Puerto Chico, en Santander, cerca de donde vive mi amigo Zacarías, que ayuda a los niños pobres de Cartagena de Indias, y que además, es el que más sabe de queso de Cantabria.


También he contado, más bien he cantado, historias de perros callejeros, como tú, perros de esquina que os abandonan, casi siempre, cuando les da la gana, y acabáis como acabáis, a veces en un salchichón casero o en el fondo de una letrina de cuartel.
Pobres perros, mis amigos, a los que siempre di más importancia que a los otros. Los que ganan premios, van rizados como el rey sol, llevan collares de perlas falsas, pero collares, perros de tocador, perros de alcoba, perros con nombre y apellidos, pero ninguno como aquel, del que estuve a punto de llevar al cine, la historia de su vida.
Era un perro de ciego que ayudaba a vivir, a caminar, a sobrevivir, a su dueño, un ciego de kiosko, siempre atento a la puerta de la suerte, levantado, jadeando, con la lengua fuera, observando la vida que le rodeaba, mientras su amigo, por no decir su dueño, que era lo primero más que lo segundo, se ocupaba de dar la suerte a los demás, él, que era la criatura con menos suerte del mundo, era ciego total de nacimiento.
Pues aquel perro un día, llegó a cumplir veinte años, era un viejito total, y se quedó paralítico, y más ciego aún que su dueño, los años terminan hasta con los mejores. Y aquí me tienen ustedes, que aquel perro, derrumbado, era llevado a veces en un carrito, a su vez conducido por un amigo experto, en lo que era el paseo de su antiguo camarada.


Me viene a la memoria en este instante, aquel en el que cuando escribía cerca de Julio Iglesias la historia de su vida, en Miami, apareció aquel día con su perro dálmata, en brazos y llorando, aquel perro majestuoso, formidable, famoso, mundial, al que Julio dedicó una canción maravillosa. Y veo al cantante triste, una de las pocas veces que le vi llorando, con él en brazos suspirando.
– ¡No sé lo que va a ser de mí cuando se muera mi perro! ¡lo voy a sentir como si fuera de mi lado, mi padre!
Podría escribir un libro sobre ti, perro abandonado. Cuántas historias sabes, guardas, y has protagonizado a lo largo de tu vida, que ahora no puedes compartir con los perros que vives en ese asilo abandonado, en esa casa de la vejez en que lo único que puedes hacer, si es que puedes, es lamerte de las heridas del combate diario de la calle.
No quería que se fuera el día sin por lo menos decirte que te recuerdo, siquiera para darte las gracias por las historias que me regalaste para contar, a lo largo de mi vida adiós perro ejemplar y desconocido, ya sabes que estoy de acuerdo contigo, en esa frase afortunada pero cierta, que tú conoces en tu propia carne, en tu propio hueso.


– Que el perro es el mejor amigo del hombre, es cierto. Está demostrado.
Pero que el hombre es el mejor amigo del perro está por demostrar, casi siempre.
Te quiere, te necesita, este viejo amigo tuyo -y que además tiene nombre de perro-, vagabundo como tú, que lo es Tico Medina.





Publicado en El Blog de Tico Medina
























lunes, 20 de julio de 2026

ORIENTACIÓN DE LOS GATOS. CUENTO POR JULIO CORTÁZAR

«Orientación de los gatos», cuento de Julio Cortázar aparecido en el libro “Queremos tanto a Glenda” (1980), nos sumerge en una exploración de los lazos invisibles que unen a una mujer, su esposo y su enigmático gato, Osiris. A través de una narrativa envolvente, el autor desvela la fascinante conexión espiritual que florece entre el felino y la mujer, dejando al marido en un incómodo segundo plano. Pese a los esfuerzos del esposo por reconquistar el afecto perdido, se encuentra invariablemente enfrentado al misterioso vínculo que su esposa y Osiris parecen compartir, un lazo inquebrantable que desafía la comprensión humana.


Cuando Alana y Osiris me miran no puedo quejarme del menor disimulo, de la menor duplicidad. Me miran de frente, Alana su luz azul y Osiris su rayo verde. También entre ellos se miran así, Alana acariciando el negro lomo de Osiris que alza el hocico del plato de leche y maúlla satisfecho, mujer y gato conociéndose desde planos que se me escapan, que mis caricias no alcanzan a rebasar. Hace tiempo que he renunciado a todo dominio sobre Osiris, somos buenos amigos desde una distancia infranqueable; pero Alana es mi mujer y la distancia entre nosotros es otra, algo que ella no parece sentir pero que se interpone en mi felicidad cuando Alana me mira, cuando me mira de frente igual que Osiris y me sonríe o me habla sin la menor reserva, dándose en cada gesto y cada cosa como se da en el amor, allí donde todo su cuerpo es como sus ojos, una entrega absoluta, una reciprocidad ininterrumpida.

Es extraño; aunque he renunciado a entrar de lleno en el mundo de Osiris, mi amor por Alana no acepta esa llaneza de cosa concluida, de pareja para siempre, de vida sin secretos. Detrás de esos ojos azules hay más, en el fondo de las palabras y los gemidos y los silencios alienta otro reino, respira otra Alana. Nunca se lo he dicho, la quiero demasiado para trizar esta superficie de felicidad por la que ya se han deslizado tantos días, tantos años. A mi manera me obstino en comprender, en descubrir; la observo pero sin espiarla; la sigo pero sin desconfiar; amo una maravillosa estatua mutilada, un texto no terminado, un fragmento de cielo inscrito en la ventana de la vida.

Hubo un tiempo en que la música me pareció el camino que me llevaría de verdad a Alana; mirándola escuchar nuestros discos de Bártok, de Duke Ellington, de Gal Costa, una transparencia paulatina me ahondaba en ella, la música la desnudaba de una manera diferente, la volvía cada vez más Alana porque Alana no podía ser solamente esa mujer que siempre me había mirado de lleno sin ocultarme nada. Contra Alana, más allá de Alana, yo la buscaba para amarla mejor; y si al principio la música me dejó entrever otras Alanas, llegó el día en que frente a un grabado de Rembrandt la vi cambiar todavía más, como si un juego de nubes en el cielo alterara bruscamente las luces y las sombras de un paisaje. Sentí que la pintura la llevaba más allá de sí misma para ese único espectador que podía medir la instantánea metamorfosis nunca repetida, la entrevisión de Alana en Alana. Intercesores involuntarios, Keith Jarrett, Beethoven y Aníbal Troilo me habían ayudado a acercarme, pero frente a un cuadro o un grabado Alana se despojaba todavía más de eso que creía ser, por un momento entraba en un mundo imaginario para, sin saberlo, salir de sí misma, yendo de una pintura a otra, comentándolas o callando, juego de cartas que cada nueva contemplación barajaba para aquel que sigiloso y atento, un poco atrás o llevándola del brazo, veía sucederse las reinas y los ases, los piques y los tréboles, Alana.

¿Qué se podía hacer con Osiris? Darle su leche, dejarlo en su ovillo negro satisfactorio y ronroneante; pero a Alana yo podía traerla a esta galería de cuadros como lo hice ayer, una vez más asistir a un teatro de espejo y de cámaras oscuras, de imágenes tensas en la tela frente a esa otra imagen de alegres jeans y blusa roja que después de aplastar el cigarrillo a la entrada iba de cuadro en cuadro, deteniéndose exactamente a la distancia que su mirada requería, volviéndose a mí de tanto en tanto para comentar o comparar. Jamás hubiera podido descubrir que yo no estaba ahí por los cuadros, que un poco atrás o de lado mi manera de mirar nada tenía que ver con la suya. Jamás se daría cuenta de que su lento y reflexivo paso de cuadro en cuadro la cambiaba hasta obligarme a cerrar los ojos y luchar para no apretarla en los brazos y llevármela al delirio, a una locura de carrera en plena calle. Desenvuelta, liviana en su naturalidad de goce y descubrimiento, sus altos y sus demoras se inscribían en un tiempo diferente del mío, ajeno a la crispada espera de mi sed.

Hasta entonces todo había sido un vago anuncio, Alana en la música, Alana frente a Rembrandt. Pero ahora mi esperanza empezaba a cumplirse casi insoportablemente; desde nuestra llegada Alana se había dado a las pinturas con una atroz inocencia de camaleón, pasando de un estado a otro sin saber que un espectador agazapado acechaba en su actitud, en la inclinación de su cabeza, en el movimiento de sus manos o sus labios el cromatismo interior que la recorría hasta mostrarla otra, allí donde la otra era siempre Alana sumándose a Alana, las cartas agolpándose hasta completar la baraja. A su lado, avanzando poco a poco a lo largo de los muros de la galería, la iba viendo darse a cada pintura, mis ojos multiplicaban un triángulo fulminante que se tendía de ella al cuadro y del cuadro a mí mismo para volver a ella y aprehender el cambio, la aureola diferente que la envolvía un momento para ceder después a un aura nueva, a una tonalidad que la exponía a la verdadera, a la última desnudez. Imposible prever hasta dónde se repetiría esa ósmosis, cuántas nuevas Alanas me llevarían por fin a la síntesis de la que saldríamos los dos colmados, ella sin saberlo y encendiendo un nuevo cigarrillo antes de pedirme que la llevara a tomar un trago, yo sabiendo que mi larga búsqueda había llegado a puerto y que mi amor abarcaría desde ahora lo visible y lo invisible, aceptaría la limpia mirada de Alana sin incertidumbres de puertas cerradas, de pasajes vedados.

Frente a una barca solitaria y un primer plano de rocas negras, la vi quedarse inmóvil largo tiempo; un imperceptible ondular de las manos la hacía como nadar en el aire, buscar el mar abierto, una fuga de horizontes. Ya no podía extrañarme que esa otra pintura donde una reja de agudas puntas vedaba el acceso a los árboles linderos la hiciera retroceder como buscando un punto de mira; de golpe era la repulsa, el rechazo de un límite inaceptable. Pájaros, monstruos marinos, ventanas dándose al silencio o dejando entrar un simulacro de la muerte, cada nueva pintura arrasaba a Alana despojándola de su color anterior, arrancando de ella las modulaciones de la libertad, del vuelo, de los grandes espacios, afirmando su negativa frente a la noche y a la nada, su ansiedad solar, su casi terrible impulso de ave fénix. Me quedé atrás sabiendo que no me sería posible soportar su mirada, su sorpresa interrogativa cuando viera en mi cara el deslumbramiento de la confirmación, porque eso era también yo, eso era mi proyecto Alana, mi vida Alana, eso había sido deseado por mí y refrenado por un presente de ciudad y parsimonia, eso ahora al fin Alana, al fin Alana y yo desde ahora, desde ya mismo. Hubiera querido tenerla desnuda en los brazos, amarla de tal manera que todo quedara claro, todo quedara dicho para siempre entre nosotros, y que de esa interminable noche de amor, nosotros que ya conocíamos tantas, naciera la primera alborada de la vida.

Llegábamos al final de la galería; me acerqué a la puerta de salida ocultando todavía la cara, esperando que el aire y las luces de la calle me volvieran a lo que Alana conocía de mí. La vi detenerse ante un cuadro que otros visitantes me habían ocultado, quedarse largamente inmóvil mirando la pintura de una ventana y un gato. Una última transformación hizo de ella una lenta estatua nítidamente separada de los demás, de mí que me acercaba indeciso buscándole los ojos perdidos en la tela. Vi que el gato era idéntico a Osiris y que miraba a lo lejos algo que el muro de la ventana no nos dejaba ver. Inmóvil en su contemplación, parecía menos inmóvil que la inmovilidad de Alana. De alguna manera sentí que el triángulo se había roto; cuando Alana volvió hacia mí la cabeza el triángulo ya no existía, ella había ido al cuadro pero no estaba de vuelta, seguía del lado del gato mirando más allá de la ventana donde nadie podía ver lo que ellos veían, lo que solamente Alana y Osiris veían cada vez que me miraban de frente.



Julio Cortázar













lunes, 29 de junio de 2026

LO QUE EL JUEZ VE CUANDO PRESENTAS A TU PERRO, POR RICHARD BEAUCHAMP

Normalmente, basta con un par de minutos para darse cuenta de quién en la pista es un veterano en la presentación de perros y quién es un principiante, pero a menudo, los jueces nos quedamos perplejos al descubrir que alguien que creíamos que era un principiante lleva años presentando perros.
El novato, por supuesto, está aterrorizado y, al intentar colocar a su perro en la pose correcta, le recoloca las patas continuamente (incluso cuando no es necesario). Al mover al perro, el principiante mira al frente (nunca hacia donde está el juez ni hacia abajo para ver qué hace el perro).
Todo esto es perfectamente comprensible en quien participa por primera vez, pero nos preguntamos cómo es posible que esto haya estado ocurriendo durante años sin que el presentador se diera cuenta de que algo andaba mal: que el perro perdía con demasiada frecuencia, y no por falta de calidad. En muchos casos, esto se debe a que quienes estamos al otro lado del perro nunca llegamos a ver cómo es realmente.


Si un aspirante a adiestrador no aprende nada más sobre el manejo de perros, debe comprender que la imagen que ve al observar a su perro y la que ve el juez al otro lado del ring no tienen absolutamente nada que ver.
El adiestrador ve la parte superior del perro; el juez ve la imagen completa, la silueta, uno de los cinco aspectos cruciales del tipo de raza. Por si lo has olvidado, los cinco elementos cruciales del tipo de raza son: Carácter, Silueta, Cabeza, Movimiento y Pelaje.
Lo que el adiestrador debe aprender a hacer es colocar al perro de manera que se acerque lo más posible a la imagen ideal para la persona que se encuentra en el centro del ring. Esto es lo que el juez busca inicialmente: el perro cuya silueta se aproxime más a lo que exige el estándar.
El adiestrador no puede aprender a hacerlo mirando al perro desde arriba (si es pequeño), ni desde delante o desde atrás (si es grande). El expositor debe aprender qué hacer para que su perro luzca como quiere que el juez lo vea.


¿Qué es lo que crea la silueta perfecta para una raza determinada? Cada raza que reconocemos hoy tiene su propia silueta distintiva. Esta se crea mediante la suma de todas las proporciones correctas. Numerosos estándares bien redactados proporcionan muchas de estas proporciones. Desafortunadamente, existen muchos estándares que proporcionan pocas. Ejemplos de proporciones definidas son: "el cuello mide un tercio de la longitud del cuerpo desde el antepecho hasta las nalgas", "la longitud de la pata desde el codo hasta el suelo es aproximadamente la misma que la distancia desde la cruz hasta la parte inferior del pecho".
Comprender todo lo necesario para crear la silueta perfecta requiere mucho tiempo y estudio. En efecto, el estudiante está aprendiendo anatomía.


En sus estudios, el estudiante aprende que existen numerosos términos que debe conocer y comprender. Cada raza se rige por ciertas características generales, como la altura, la longitud del cuerpo, la longitud de las patas, etc. También existen expresiones comunes como «patas bajas», «cuerpo largo», «esbelto», «robusto» y cientos más que deben incorporarse al vocabulario del estudiante. Para alcanzar la precisión, es fundamental comprender cómo se aplican estos términos a cada raza específica.
Cada raza tiene sus propias proporciones características. Un perro no puede ser presentado correctamente a menos que el adiestrador tenga una imagen mental clara de lo que intenta crear.


‍Perfeccionando la imagen
Ver a otra persona preparar a un perro, o mirar una fotografía de sí mismo haciéndolo, ayuda, pero el adiestrador tiene que aprender a lograrlo. Tengo una sugerencia que ha funcionado para cientos, si no miles, de aspirantes a adiestradores en todo el mundo.
Compra un espejo de cuerpo entero, como los que mucha gente coloca en la parte trasera de la puerta del vestidor. Fíjalo horizontalmente a una pared desde la que tengas suficiente espacio para mantenerte a cierta distancia. Dependiendo de si sueles colocar a tu perro sobre una mesa o en el suelo, ajusta la altura del espejo para que puedas ver su reflejo completo.
Los perros más grandes, naturalmente, requerirán un espejo de mayor tamaño, o bien, puedes usar el escaparate de una tienda cercana donde puedas ver su reflejo. Independientemente del lugar, observa cómo luce tu perro de pie y compáralo mentalmente con la imagen ideal de su raza.
Quienes crían perros con mucho pelo creen que pueden corregir todos los defectos de su mascota con tijeras, peine y cepillo. Recuerden que, si bien estas herramientas pueden ayudar, la estructura del perro permanece inalterable. El pelo puede aparecer y desaparecer, moverse con el viento o simplemente tener un mal día, así que aprendan a preparar a su perro para que luzca lo mejor posible antes de recurrir a los retoques.


Los cuidadores de razas de pelo largo pueden ser especialmente propensos a autoengañarse. El trabajo del peluquero canino consiste en presentar al perro de la mejor manera posible; sin embargo, un expositor que se imagina al perro basándose en lo que quiere ver solo se está engañando a sí mismo.
Un buen adiestrador debe saber qué es lo que realmente tiene su perro. No tiene que contárselo al mundo ni señalarlo constantemente, pero sí debe saber en qué aspectos puede fallarle.
Observa qué sucede con la silueta de tu perro cuando se inclina hacia atrás (lo que se conoce como "posición de pie") o cuando levanta sus cuartos traseros. ¿Dónde deben ir las patas para obtener la imagen que buscas? Memoriza la posición de las patas, el cuello, la línea superior del cuerpo; recuerda también qué debes hacer mientras miras al perro para lograrlo.


‍La comodidad importa
No todos los perros, por muy buenos ejemplares que sean de su raza, tienen la misma constitución. Una postura cómoda para un perro puede resultar incómoda para otro. Si tu perro no puede mantener las patas en una determinada posición, tendrás que buscar una solución intermedia. Ningún entrenamiento, por muy exigente que sea, conseguirá que un perro quiera mantener una postura totalmente incómoda durante mucho tiempo. Es importante destacar la palabra "no puede". Hay una diferencia entre que un perro no pueda mantenerse de cierta manera y que simplemente no quiera hacerlo. Tendrás que determinar cuál es la situación real y actuar en consecuencia.


Puede que todo esto suene a un detalle increíblemente laborioso, pero es precisamente lo que se necesita para dominar la técnica del buen manejo canino. Hay perros que pueden ser entrenados para posar solos con la correa suelta y lucir perfectos (¡ojalá todos tuviéramos esa suerte!), pero esa es la excepción, no la regla. Se requiere mucho esfuerzo y paciencia para ayudar a tu perro a lograr esa imagen de perfección.
Una vez que el adiestrador comprende cómo debe verse su perro para la dama o el caballero que lo observa en el ring, debe aprender a hacer que el perro se acerque lo más posible a esa imagen.
El siguiente paso es entrenar al perro para que permanezca en la posición correcta durante un tiempo indefinido mientras el juez toma sus decisiones finales (aquí es donde entra en juego la comodidad del perro). Por difícil que parezca, un perro de exposición debe aprender a mantener la posición correcta, a menudo durante varios minutos seguidos. El perro no debe aburrirse ni volverse lento. Recuerde que, aunque sus cuatro patas estén en la posición correcta, el perro puede estar colgando como una cortina mojada entre ellas. El guía debe aprender el truco de mantener la atención del perro sin perder el control.


‍¿Te parece todo esto terriblemente difícil? En realidad, requiere más tiempo y paciencia que dificultad. Sin embargo, ten en cuenta que hay personas que dominan todas estas técnicas. Tampoco debes olvidar que, con frecuencia, son las mismas personas que se encuentran en el podio con sus perros bien entrenados.






Publicado en Up Your Dog Show Game por Richard  Beauchamp 




























domingo, 14 de junio de 2026

¿HACIA DÓNDE VA EL MOVIMIENTO TÍPICO? POR HANS LEHTINEN Y CHRIS LUMMELAMPI

Cuando observamos las exposiciones caninas en general y las competiciones a nivel de grupo en particular, a menudo nos sorprende una tendencia demasiado frecuente hacia la convergencia de las características de las razas, especialmente en lo que respecta al movimiento.
¿Estamos buscando un perro de exhibición completo que sea lo suficientemente llamativo y sano, pero que no personifique exactamente su tipo de raza? ¿Estamos nosotros, como criadores y jueces, tentados a pedir los mismos atributos a todos los perros de exposición, independientemente de la raza?
El movimiento es una medida de la conformación de un perro. Si aceptamos los cambios actuales apenas perceptibles en el movimiento de un perro, podemos permitir gradualmente una modificación en el tipo de raza. De hecho, podemos contribuir a una situación en la que un lebrel afgano se mueva como un caniche y un caniche se mueva como un afgano. Si este es el caso, necesitamos una discusión seria sobre el movimiento típico en las pistas de exposiciones actuales.


Las funciones originales de muchas de nuestras razas se han vuelto obsoletas a medida que nuestras sociedades han pasado de ser rurales a urbanas. Si a esto le sumamos las presiones para alterar los estándares de las razas para criar perros "más sanos" -como si los estándares de las razas existentes fueran un impedimento para los perros sanos- y los "valores animalistas" emergentes que deprecian a los perros de raza pura, es posible que nos estemos distanciando del verdadero tipo de raza.
Cuando miramos al caniche hoy en día, casi nunca nos paramos a pensar cuál era la función de su largo pelaje mientras realizaba su función de cobrar la presa en agua helada: cuando las puntas del pelo se congelaban, el pelaje debajo formaba una capa aislante que mantenía al perro caliente. ; o que el arreglo del Caniche con los cuartos traseros recortados era parte del mantenimiento de la capacidad de la raza para funcionar del mismo modo que se ataba una cinta colorida al moño y la cola del perro para ayudar al cazador a ver a su perro en el campo.


El movimiento del Caniche también contribuyó a su utilidad como perro retriever: se esperaba que se moviera con el paso ligero y sin esfuerzo que continuaría, o debería continuar, siendo parte del tipo de raza del mismo en la actualidad.
Nadie espera que el Grifón de Bruselas o el Yorkshire Terrier cacen ratas en el entorno urbano actual. Aún así, seguramente esto no debería ser una justificación para cambiar su tipo de raza original. Tampoco esperamos que el Shar Pei funcione como un perro de pelea, pero esta no es razón por la que no deba tener suficientes pliegues de piel en sus hombros para permitirle girar si lo agarra un atacante.
En algunas razas, la función dicta el movimiento. En otros, hay una pequeña explicación lógica de por qué una raza debería moverse de cierta manera, excepto cuando el movimiento es parte de la herencia de la raza y merece reconocimiento.
Supongamos que la herencia del Fox Terrier (o su estándar, como lo hace el estadounidense en el caso del Smooth Fox Terrier) requiere que el perro mueva sus patas delanteras como el péndulo de un reloj. En ese caso, no hay razón por la que no debamos apreciar este movimiento cuando lo veamos, por raro que pueda ser hoy.
En el caso de las razas "Toy" y utilitarias "decorativas", la consideración del movimiento típico no debería ser menos importante. Pensamos en el Chin japonés como un perro delicado del que se esperaba que se moviera con un andar elegante, levantando las patas en alto... o en el Pinscher miniatura y en los Galgos italianos con su andar alto de Hackney, como exigen los estándares británicos y americanos. 


Para los galgos italianos, los países continentales de la FCI solían tener el requisito exacto, hasta que el país de origen cambió abruptamente el estándar de la raza para exigir un movimiento "normal".
Por supuesto, usted tiene derecho a preguntar cómo se puede lograr esto sin cambiar la estructura frontal de la raza; muchos de nosotros lo hacemos, especialmente cuando nos preguntamos acerca de algunos de los cambios en los estándares de la raza para acomodar los caprichos del "país". de origen."
Aunque algunos de los estándares raciales elaborados por países donde la cría de "stocks" de pura raza, ha tenido una corta tradición pueden dejar mucho que desear, comparar los estándares británicos, estadounidenses y de la FCI es un ejercicio útil en algunos casos.
Tomemos como ejemplo el estándar maltés. El estándar británico exige libertad de movimiento, mientras que el estándar italiano original describe lo que esperamos de un típico maltés en movimiento: pasos rápidos y cortos que dan la impresión de que el perro se desliza hacia adelante con las patas apenas rozando el suelo.


O comparemos con los estándares del caniche: el francés advierte que el perro no debe cubrir demasiado terreno cuando se mueve, pero el americano exige una acción elástica, tal como lo hace el estándar del afgano, aunque el movimiento de las dos razas no podría ser más diferente. , con el Poodle bailando un vals por el ring al más puro estilo "Poodley" y el afgano moviéndose como si tuviera resortes bajo sus pies.
Las variaciones en el tipo de raza en los diferentes continentes también juegan un papel en nuestras expectativas de cómo debería moverse un ejemplar típico de una raza. Vemos Shih Tzus en algunas partes del mundo que se sentirían mucho más a gusto en el ring del Lhasa Apso, y viceversa. Oímos mucho sobre la controversia que rodea su movimiento (movimiento hacia arriba o no para los Lhasa, almohadillas completas para los Shih Tzu). Parece que se requiere mucha experiencia especial para evaluar el "movimiento alegre" del Lhasa cuando, de hecho, es un perro muy moderado, de constitución normal, que debería moverse con pies ligeros, sin esfuerzo como un caballo al trote. No ocurre lo mismo con el Shih Tzu más bajo y de cuerpo más pesado, cuya conformación (si es correcta) por sí sola dicta que no puede moverse con el mismo estilo que el Lhasa de patas más altas y forma diferente.


Con demasiada frecuencia, parecemos estar usando la misma vara  para medir la calidad de un perro, y nos impresionamos demasiado fácilmente con el espectáculo llamativo y la presentación inteligente. Alguien observó una vez que, con demasiada frecuencia, creemos que un perro se mueve bien si cubre el terreno como un pastor alemán, va y viene como un beagle y, para colmo, tiene la línea superior del setter, la animación de un cocker spaniel y la actitud general de un caniche.
No importa si es un ejemplo típico de su raza, que personifica su estándar racial escrito y no escrito. No importa si su actitud es la de un perro de exposición completo, extrovertido y animado de ningún tipo de raza en particular, siempre que cumpla con los criterios generalmente aceptados de solidez... Sin duda, mantendrá contento al Consejo de Europa y evitará titulares alarmantes sobre razas de perros "insalubres" o "poco sólidas".
Pero esto debería hacer sonar las alarmas entre quienes trabajamos para mantener el tipo de raza verdadero y estamos convencidos de que no necesitamos tomar las recomendaciones a veces equivocadas del Consejo sobre "principios de crianza sólidos" al pie de la letra - y ciertamente no necesitamos tomar medidas precipitadas para cambiar nuestros estándares de raza hasta el extremo donde un Griffon de Bruselas podría transformarse de repente en un Border Terrier de pelo áspero y rojizo.


¿No será en cambio que no hay demasiado conflicto con nuestros estándares de raza desde el punto de vista de la solidez o la salud - pero podría haber confusión con nuestra interpretación de estos estándares de raza llevándolos a la exageración?
Puede ser útil observar el estándar del pequinés: "Marcha lenta, digna y ondulada hacia adelante. El movimiento típico no debe confundirse con un balanceo causado por la laxitud de los hombros. Acción cerrada detrás. Es esencial una solidez absoluta".
Un Basset Hound con un frente sano y torcido se moverá con soltura para su raza. Enderece las patas delanteras y obtendrá un perro poco sano con un cuerpo pesado colgando entre las patas delanteras en lugar de estar envuelto por ellas.
Un cuarto trasero bien construido pero típico de Chow Chow, lo suficientemente fuerte como para no doblarse, permitirá al perro moverse con su característico paso forzado, al igual que una construcción típica pero sólida permitirá al Puli moverse con una zancada que "no es de largo alcance. Galope corto. Movimiento típico de pasos cortos, muy rápido, en armonía con una disposición vivaz. Movimiento nunca pesado, letárgico o torpe".


Los requisitos de marcha de un buen número de razas no se ajustan a la concepción general de "perros sanos", bien angulados por delante y por detrás, que se mueven con un paso que cubre el terreno. No hay ninguna razón para que así sea a menos que nuestro objetivo sea la identidad del perro de exhibición.
No es suficiente que la mayoría de nuestros perros se muevan y a menudo se espera que se muevan de manera similar. También se espera que se muevan con la misma velocidad independientemente de la raza. ¿Sería un Rottweiler un mejor y más invencible defensor de su amo y su propiedad si se moviera con la misma agilidad que un Kelpie australiano, un pastor, corriendo sobre las espaldas de las ovejas en espacios reducidos si fuera necesario para realizar su función? ¿O sería el San Bernardo un mejor perro de rescate en los Alpes si corriera alrededor del ring con la misma naturalidad que un Saluki?
De hecho, muchas de las razas denominadas "rolling" se mueven alrededor del ring tan rápido que nunca tienen la oportunidad de mostrar su característico andar. Una vez más, puede resultar útil consultar algunos de los estándares de la raza.
El estándar del Bulldog establece: "Peculiarmente pesado y constreñido (andar), parece rozar el suelo, corre con uno u otro hombro bastante adelantado". O el Clumber Spaniel: "Marcha ondulante atribuible a un cuerpo largo y patas cortas". O el Old English Sheepdog: "Al caminar, exhibe un balanceo como el de un oso desde atrás..."


Para mencionar algunos ejemplos más de marcha típica: observe a los Cocker Spaniels y pregúntese con qué frecuencia muestran el típico movimiento bullicioso o a los Irish Water Spaniels, cuyo movimiento típico a menudo se describe como el de un marinero borracho.
Se dice que algunos Caniches y Spaniels se mueven tan rápido que sus patas traseras nunca tocan el suelo (sin mencionar que, hoy en día, casi nunca se ve el movimiento anticuado del Cocker Spaniel...). 
Para ser justos, bastantes Terriers (y otros, en realidad) se mueven con una correa tan apretada que sus patas delanteras nunca tocan el suelo. "Colgar" perros con correas apretadas puede ser apropiado cuando hay algo incorrecto en el frente del perro y desea reducir el peso sobre él, con suerte mejorando el movimiento.
Esta práctica puede no causar ningún daño importante ya que sin duda llamará la atención del juez sobre el problema. Pero es lamentable que los perros con un excelente movimiento frontal nunca puedan demostrarlo en su beneficio. También es triste que muchas razas con correas apretadas muestren un porte de cabeza antinatural o atípico, ya que los cuidadores olvidan que el Deerhound o el Borzoi no tienen la misma silueta en el movimiento de perfil que el Afgano.


No todas las razas de perros fueron desarrolladas para ser perros de rápido movimiento. Tenga en cuenta el estándar estadounidense para el Malamute de Alaska: "Al juzgar a los Malamute, se debe considerar por encima de todo su función como perro de trineo para transporte pesado... No está pensado como un perro de trineo de carreras diseñado para competir en pruebas de velocidad con el Malamute de Alaska. razas más pequeñas del Norte."
Sería fantástico poder compararlo con el husky siberiano, cuyo andar requerido es rápido y ligero. El Basset Hound, por su parte, fue criado originalmente para ser un perro de caza lento que permitiera al cazador seguirlo a pie sin dificultad; por lo tanto, no se debe esperar que un Basset con su movimiento auténtico y deliberado compita en velocidad con los Sighthounds del mismo grupo cuya función original y estilo de trabajo son completamente diferentes.
Nuevamente, compárelo con el sabueso francés más pequeño, el Basset Fauve de Bretagne. Su movimiento se diferencia del Basset Hound, más pesado y cercano al suelo, porque fue creado para trabajar en un terreno diferente en la densa oscuridad de Bretaña.


Todos los perros de exposición necesitan ejercicio y acondicionamiento más allá de las pocas rondas alrededor del ring para mantenerlos en plena forma y en óptimas condiciones y permitirles presentar su movimiento típico con ventaja. Pero el ejercicio correcto y el tono muscular adecuado siempre mantendrán las debilidades estructurales básicas y las deficiencias en el tipo de raza. Sólo mejorarán el movimiento bueno y típico.
Con las razas de pelo largo , nosotros, como criadores, expositores y jueces, a menudo luchamos por equilibrar los requisitos del ring de exhibición de mantener el pelaje en las mejores condiciones con el requisito de mantener al perro bajo el mismo en óptimas condiciones físicas con el ejercicio adecuado.
A menudo, terminamos con perros flácidos con pelaje suelto o perros musculosos con pelaje roto cuando, de hecho, deberíamos buscar un punto medio. Una de las ironías de la vida es que algunos de los perros pelados que se mantienen en jaulas de alambre y corrales de ejercicio, como suele ocurrir en Estados Unidos, tienen músculos maravillosos. ¿Podría ser que se pasen los días saltando arriba y abajo en sus jaulas? 


Lo mismo se aplica a otras formas de tecnología introducidas en el mundo de los perros de exposición. Necesitamos un punto medio entre las máquinas de ejercicio, las cintas de correr y otras formas de ejercicio. Algunos culpan al mal movimiento frontal del uso excesivo de cintas de correr; otros tienden a pensar que el ejercicio en cinta, si se usa en exceso, puede restringir el movimiento del perro al acortar su paso, lo que resulta en un andar peculiar hacia atrás.
En lugar de condenar rotundamente las cintas de correr, podría ser útil verla como una ayuda excelente para ejercitar a los perros en condiciones climáticas adversas, cuando el ejercicio al aire libre es imposible, y complementarlas con otras formas de ejercicio: caminar, andar en bicicleta o dejar que los perros galopen en el campo. . Sólo unos pocos pueden llegar tan lejos como un famoso Kennel de Galgos Afganos en los EE. UU. Los parques para perros incluyen un anillo en forma de L que sube y baja la colina, lo que obliga a los perros a girar y estirarse cuando galopan. Sin embargo, la versatilidad en el ejercicio garantizará que el perro utilice todos sus músculos al máximo y esté en óptimas condiciones.


Pero, volviendo al tema de este artículo, un perro, por muy musculoso y por muy bien que se mueva, es sólo un ejemplo típico de su raza si tiene un movimiento típico. Y si aceptamos pequeños cambios en el movimiento de una raza, aceptamos pequeños cambios en la conformación, proporciones y tipo de raza en general hasta que terminemos con un perro de exposición idéntico. (Y hablando de proporciones, ¿has notado cuántos de los perros de exposición actuales están perdiendo la longitud de sus patas?)
Comprender el movimiento armónico es importante, pero comprender el movimiento típico es esencial para preservar el tipo de raza.
Aprender a citar el estándar de la raza puede no ser suficiente porque, parafraseando al fallecido Tom Horner,
“Cualquier niño puede aprender a recitar el Padrenuestro, pero entenderlo llevará años”.





Escrito por Hans Lehtinen y Chris Lummelampi
























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