Cuentan las viejas crónicas que, en el siglo XIII, mientras Fernando III preparaba sus campañas contra los andalusíes en tierras de Palencia, solía pasear junto a un mastín de noble estirpe, de pelaje blanco como la nieve y mirada profunda, llena de bondad y lealtad.
Una noche, a orillas del Carrión, junto al viejo puente de Puentecillas, el rey se detuvo a meditar en silencio. La luna bañaba las aguas cuando el perro comenzó a gruñir, tenso, mirando hacia la oscuridad del bosque. De repente, una sombra surgió entre los árboles: un moro armado con una jambiya se abalanzó sobre el monarca. El mastín no dudó. Se interpuso entre el acero y su señor, recibiendo las puñaladas que iban destinadas al rey.
Los guardias, alertados por los ladridos, corrieron hasta el lugar y redujeron al atacante. El rey, conmovido, se arrodilló junto a su fiel compañero, que agonizaba. Tomó su cabeza entre las manos y rezó en silencio. Cuando los ojos del animal se apagaron, Fernando lo cubrió con su capa púrpura y ordenó que fuese enterrado en secreto, cerca de la catedral. Juró entonces que, si alcanzaba la victoria, la dedicaría a aquel buen perro castellano.
Y así fue. Desde entonces, dicen que en las frías noches de invierno algunos sevillanos aseguran ver, entre las sombras de la catedral donde reposa el rey santo, la silueta de un mastín blanco, robusto y sereno, que vaga entre las columnas buscando a su señor. Y cuando el viento sopla entre los muros, se escucha un suspiro: el de un perro fiel que nunca dejó de velar por su rey.
Leyenda escrita por Mario Opazo





