En realidad, lo que sí sabemos con claridad, porque así lo sostienen todos los estudios genéticos robustos, es que todos los gatos domésticos comparten un único ancestro, el gato salvaje africano, Felis lybica, cuya relación con las primeras comunidades humanas surgió sin intervención directa, casi por espontaneidad ecológica. La hipótesis más firme es que estos felinos se acercaron a los asentamientos agrícolas del Creciente Fértil, y los humanos los toleraron por su utilidad. Esa relación funcional, y no un proceso clásico de domesticación intensiva, explica tanto el carácter independiente del gato moderno como la enorme homogeneidad genética que presentan.
Ciencia, ficción y lo que sabemos con certeza
La idea de que existen razas milenarias, del tipo ‘los gatos de los faraones’, o ‘la raza milenaria sagrada de Oriente’ convive con un dato que desmonta casi todo ese imaginario, y es que la mayoría de las razas felinas modernas no tienen más de 150 años. A diferencia de lo que ocurrió con los perros, con las razas de caballos o incluso con el ganado, seleccionados a lo largo de milenios por su función, los gatos mantuvieron durante siglos una relación muy laxa con la domesticación humana.
Las primeras observaciones científicas que apuntaron a la diversidad geográfica del gato doméstico aparecen en 1868, cuando Charles Darwin describió diferencias notables entre los gatos de Sudamérica, India e Inglaterra. Pocos años después, en 1871, se celebró la primera exposición felina en el Palacio de Cristal de Londres. Allí, por primera vez, el Persa tradicional, Manx, Siamés tradicional (thai), Angora Turco, el Azul Ruso y Británicos de pelo corto fueron presentados ya como razas diferenciadas. A finales del siglo XIX y principios del XX, Estados Unidos se sumó al fenómeno, introduciendo también a los Maine Coon como una de sus primeras razas de fundación. Aquella explosión de exhibiciones y estándares, y no la antigüedad biológica, es el verdadero punto de partida del concepto moderno de raza felina.





